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    TÓCALA OTRA VEZ LENNY
    A SUS 55 AÑOS, LENNY KRAVITZ ESTÁ MÁS VIVO QUE NUNCA. LA ESTRELLA QUE AUPARA EL 'FUNK' A LAS LISTAS DE ÉXITOS EN LOS 90 NOS RECIBE EN MILÁN HACIENDO GALA DE SU GALLARDÍA.

    El verano es el santo grial de la reunificación y el revival. Cuando casi todos los músicos de su generación se dan con un canto en los dientes si –por estas fechas– tienen ocasión de recoger un puñado de minutos de gloria festivalera, Lenny Kravitz parte de la peculiar idiosincrasia de quien nunca se ha ido. Él está hecho de otra pasta. Tras sufrir el rechazo de varias discográficas que lo veían o demasiado negro o demasiado blanco, Kravitz editó con la todopoderosa Virgin su opera prima, Let Love Rule (1989), piedra angular de la sostenida andadura de quien fuera uno de los iconos más celebrados (y sexualizados) de la música popular de los 90. Mamma said (1991) y Are You Gonna Go My Way (1993) despertaron su idilio con la MTV, haciendo de su confluencia entre el rock, el soul y el funk un surtidor de hits en la cadena; y cimentaron su legendario paso por los Grammy, donde ganó el premio al Mejor vocalista masculino durante cuatro años seguidos. A día de hoy, con once álbumes de estudio, a razón de uno cada tres años (el último de ellos, Raise Vibration, fue publicado el pasado septiembre), Lenny nunca ha dejado de colgar el sold out.

    "PARA SALVARNOS DEBEMOS DEJAR DE MATARNOS ENTRE NOSOTROS, DE CONDENAR A OTRAS PERSONAS PORQUE CREEMOS QUE SOMOS MEJORES QUE ELLAS"

    Nos hemos citado con él en Carlo e Camilla in Segheria, uno de los restaurantes más exclusivos de Milán. La noche anterior, Kravitz presentaba allí la cautivadora serie de fotografías que, de la mano de Dom Pérignon, realizara meses atrás en su casa de Los Ángeles, en una velada en la que, entre risas y champán, el músico hizo gala de su amplitud de miras reuniendo a varios artistas tan talentosos como diversos: Harvey Keitel, Susan Sarandon, Alexander Wang, Benjamin Millepied, Hidetoshi Nakata, Zoe Kravitz y Abbey Lee.

    Como aquélla, la de Milán está siendo una noche larga, pero el músico no evi- dencia cansancio alguno (más tarde confesará que cuando más vivo y creativo se siente es entre las 3:00 y las 5:00 AM). "Me gusta tu camiseta de cebra", dice complacido y con la mirada puesta sobre el risueño cuadrúpedo con polo de rayas que, serigrafiado en algodón orgánico, constituye uno de los mayores chollos del armario de quien esto firma. "¡Gracias! Es de Marc by Marc Jacobs". Su sonrisa se abre unos cuantos grados más. "Ah, muy cool", asiente con la inconfundible satisfacción del connaisseur. Él viste traje de terciopelo escarlata con galones, un atuendo entre lo kitsch y lo versallesco que habría epatado en la última gala del MET y que podría hacer batirse en duelo al tándem de Dsquared2, con quienes el músico, apasionado del vintage y fashionista donde los haya, compartió brindis y amistad unas horas atrás. La tentación de registrar un irrepetible momento para el recuerdo es casi compulsiva, pero el séquito que lo acompaña lo ha dejado claro: nada de fotos. Es lo que tienen 30 años de fama. En ese camino, además de ser una estrella del rock, el neoyorkino ha hecho prácticamente de todo: fotografiar, diseñar muebles y cámaras, actuar en cine, viajar, amar, tener una hija, madurar y pensar. Casi nada.

    Y es la fotografía, concretamente su exposición con Dom Pérignon, la que acapara los primeros minutos de conversación. "La intención era capturar un encuentro entre gente de verdad y documentarlo a lo largo de toda una noche en la que iban a conocerse, serpentear, sentirse a gusto y pasárselo en grande", explica. "Escogí a talentos de distintas edades y disciplinas artísticas, intentando formar un grupo abierto que combinara nombres populares con otros menos conocidos. Con algunos, como Susan y mi hija, ya había coincidido unas cuantas veces", dice con guasa. Según cuenta, su relación con Zoe (de quien conservó la custodia tras divorciarse de Lisa Bonet) es una de las más estrechas que tiene: "Zoe ha crecido conmigo, ha visto cómo era mi vida y ha aprendido de mí y de su madre, que también viene del mundo artístico. Ahora ella es mucho más lista que nosotros, y en este proyecto ha sido ella la que me ha guiado a mí. Está preciosa en las fotos y se implicó para que todos los miembros del grupo se sintieran a gusto juntos. Estamos muy unidos, nuestra relación es muy parecida a la que mi madre tenía con mi abuelo". Reunir a artistas de generaciones muy diversas fue para él uno de los factores más atractivos: "¡Eso es lo bueno! Cuando salgo me gusta rodearme de gente lo más distinta posible, jóvenes y mayores, todos mezclados. Y aprender los unos de los otros. Los saltos generacionales son una bendición. No hay verticalidad, la empatía siempre es mutua".

    Hasta donde alcanza su recuerdo, el músico se ve a sí mismo creando: "Desde pequeño absorbía lo que me rodeaba. Mi habitación, las cosas que hacía entonces, las formas en que irradiaba la luz… Cuando grabé mi primer álbum no tenía ni un centavo. Vivía en un pequeño apartamento, la gente dejaba viejos aparatos eléctricos en la basura y yo los recogía, los arreglaba y los personalizaba hasta que eran del todo míos. Mi padre fue fotoperiodista en Vietnam cuando yo era un bebé, y de niño me encantaba curiosear su cámara Leica: su estética, sus funcionalidades, todo. No imaginaba que acabaría diseñando para ellos 30 años después". En esto, como en lo demás, para él la inspiración es ubicua: "La vida, la gente, el arte… Todo tiene su encanto, sólo hay que poner interés para encontrarlo. Pero no se trata de ponerse a buscar como un descosido, sino de estar abierto a ella. Es algo orgánico, natural. Observo y espero. Y cuando la siento es que ha llegado. Han pasado tres décadas desde que empecé, pero sigo sintiendo la magia cuando eso ocurre". A la hora de componer, la oscuridad y la naturaleza son sus mejores aliados: "Trabajo durante el día, pero es de madrugada cuando mi cerebro está más activo. Anoche, a las 5:00 AM, algo empezó a sonar en mi cabeza, así que me levanté y me puse con ello. Componer es así: te llega. Puede pasar en cualquier sitio, pero las mejores ideas se me ocurren cuando estoy en mitad de ninguna parte. Por eso, para mi último disco me fui a las Bahamas. París también es muy evocador, puedes vivir allí cien años seguidos y seguir viendo algo precioso y diferente cada día".

    Kravitz, que eligió para éste su último trabajo como fotógrafo a artistas que destacan por su activismo y filantropía, hace hincapié en la importancia del diálogo y la responsabilidad individual: "Cualquiera puede ser influyente. Se trata de hablar los unos con los otros y de expresar un mensaje positivo. Eso trato de hacer con mi música: generar comunión y felicidad. Mis canciones giran en torno al amor, la unidad y la espiritualidad. Ése es su sentido". Caminar hacia un mundo más integrador pasa por el deseo de vivir y de entendernos: "Para salvarnos debemos dejar de matarnos entre nosotros, de condenar a otras personas porque creemos que somos mejores que ellas. Las diferencias deben respetarse. Queremos vivir en armonía en este planeta y protegerlo. Y eso es algo que la humanidad aún no ha logrado. Inventamos artilugios increíbles, pero nunca hemos sido tan listos como para conseguir vivir en paz. Confío en las nuevas generaciones; lo dan todo para hacerse oír. Me llena de esperanza ver cómo los jóvenes se están levantando".

    FOTOGRAFÍA: LENNY KRAVITZ; MATHIEU BITTON (DERECHA).