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    Alessandro Mahmood “SIENTO DECEPCIONAR: SOY ITALIANO, NORMAL Y CRISTIANO”
    Tres meses después de su polémico paso por Eurovisión, el cantante italo-egipcio sigue defendiéndose de las etiquetas: “Ni crecí en el gueto ni hago el Ramadán”, dice el italiano más escuchado del planeta

    Traje de cuero de Alexander McQueen.

    Habría que ponerse en la piel de Alessandro Mahmood para sentir el vértigo de pasar del auténtico anonimato a verse en portadas y televisiones de todo el mundo. “Ya no puedo salir de fiesta tranquilamente como antes, pero no lo cambio por nada”, dice. Compuso su primer disco mientras trabajaba en un bar. “Escribía las letras en las hojas de las comandas”, recuerda. En menos de un año, Sol-di, canción con la que el compositor y cantante de 26 años representó a Italia en la última edición de Eurovisión después ganar el Festival de San Remo, se ha convertido en un himno también fuera de su país y en una sintonía habitual en cafés, clubes y supermercados de media Europa. A día de hoy es ya la canción en italiano con más escuchas en streaming de la historia.

    Aprovechando que se encuentra de promoción en nuestro país, donde su álbum de debut Gioventù bruciata acaba de ser disco de oro, nos citamos con él en un céntrico hotel madrileño. Me cuesta identificar a ese chico alto de rasgos árabes, ropa de marca y una actitud sumamente complaciente –me dice que puede hablar en castellano si quiero, así aprovecha para practicar– con la imagen de malote que se desprende de sus fotos de promo o del videoclip de su hit. “Márketing”, pienso. El título de su disco, sin ir más lejos, lo tomó prestado del filme Rebelde sin causa, de Nicholas Ray. “Lo llamé así porque me inspiré en la melancolía del personaje protagonista [interpretado por James Dean]. Depende del contexto, también yo puedo ser muy rebelde”, confiesa con una mueca socarrona.

    Creció escuchando rap, R&B americano y cantautores italianos “como Paolo Conte o Lucio Dalla”, aunque en los últimos años prefiere la música de Frank Ocean, James Blake y Tyler, The Creator. Su estilo, sin embargo, lo define como “Marocco-pop”, del que Soldi hace las veces de carta de presentación. “Es un tema en el que hablo sobre cómo el dinero puede cambiar las relaciones dentro de una familia. Está inspirada en mi propia historia y en el divorcio de mis padres. Supongo que la gente aprecia cuando hay sinceridad en lo que cantas”, explica a Esquire. Aunque en esta canción canta una estrofa en árabe –su idioma paterno–, Alessandro jamás lo aprendió en casa. “Soy 100% italiano, nacido en Milán y por eso todo el disco es en italiano”, explica. Sin embargo, su vida como hijo de inmigrante árabe –que Alessandro explota en letras que aluden al Ramadán, a fumar narguile o a la vida en periferia–, alimenta un cliché que ha sido fomentado en los últimos años por todo tipo de agentes culturales: la vida en el barrio como epítome de lo cool.

    El polígono vende. Desde la apología del chonismo de Rosalía a las últimas colecciones de María Escoté, Maria Ke Fisherman o firmas de lujo como Balenciaga, el referencial es inabarcable. En el caso de Mahmood, las contradicciones en esta dirección afloran cuando habla de su experiencia al margen de sus letras. “Muchos periodistas me han preguntado si crecí en el gueto, si hago el Ramadán y otras cosas por el estilo. En el momento en que conté que era un chico italiano normal y cristiano dejaron de indagar en ese tema”, se justifica.Tras oír esto no puedo evitar pensar en el flaco favor que el artista hace con sus palabras a la segunda generación de árabes que, tan italianos como él, siguen siendo señalados en un país donde la inmigración es cada vez menos bienvenida. No hay que escarbar mucho para ver cómo su paso por Eurovisión levantó ampollas entre la extrema derecha italiana, con una tormenta de tuits que se oponían a que fuera Mahmood quien representara al país en Tel Aviv.

    MAHMOOD NO SE MOJA

    Uno de los más sonados fue el desafortunado comentario de Matteo Salvini, viceprimer ministro italiano y líder de la Liga Norte –famoso por sus descarnadas declaraciones contra la inmigración–, quien se pronunció en contra de Alessandro nada más darse a conocer la noticia. “No es algo que me haya afectado porque creo que no fue como lo pintan. Salvini solo dijo que prefería otra canción. Es solo una cuestión de gustos. El problema es que esta declaración ha sido instrumentalizada”, dice Mahmood, quien en más de una ocasión se ha calificado como apolítico. “Con mi música no pretendo hacer política, por lo que nunca hago hincapié en mis opiniones. Lo único que hice fue cantar en Eurovisión”.

    Mahmood no se moja.Tampoco en lo que respecta al interés que su orientación sexual despierta entre sus seguidores, entre los que cuenta con una gran parte del colectivo gay. “Hablar públicamente de este tema sería como hacer una diferencia, cuando no lo veo así”. Respetamos su decisión. Antes de despedirnos, le pregunto sobre su relación con Nefertiti, a quien lleva tatuada en su brazo y colgada de un cordón de oro al cuello. “La llevo solo porque me gusta mucho la cultura árabe. Este collar fue un regalo de mi bautismo”. ¿Eres cristiano? “Claro”, responde mientras saca de su bolso otro colgante, esta vez con la imagen de Jesucristo crucificado. “También llevo este otro. Bien de oro, como Rosalía”, zanja entre risas.

    Una vez más, vuelve a mí la sensación de que algo no encaja, de que el Mahmood que tengo delante y el que nos han vendido los medios –el hijo de inmigrante que creció en la periferia y que calla bocas a la derecha extrema de su país con su pegadizo “pop marroquí”– son dos personas opuestas. ¿Qué sentido tiene apropiarse de los códigos estéticos de una cultura con la que no queremos que nos relacionen? ¿Postureo? Prefiero pensar que en la era de lo políticamente correcto, si quieres jugar en primera división no basta con quedar segundo en Eurovisión; también has de caer bien a los malos.

    Chaqueta y pantalón de Versace, camiseta de Givenchy y botas de Dior.