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    LANUEVA GUERRAFRÍA
    EL ÁRTICO SE FUNDE Y YA ESTÁ EN MARCHA UNA CARRERA INTERNACIONAL POR CONTROLAR LOS RECURSOS Y RUTAS MARÍTIMAS OCULTOS BAJO EL HIELO. ASÍ ES COMO EL CAMBIO CLIMÁTICO ABRE LA PUERTA A UN CONFLICTO EN EL GRAN NORTE.

    A unos 1.600 kilómetros al sur del polo Norte, unos soldados canadienses se encaraman a los restos de un avión para reconocer la zona durante un curso de supervivencia ártica en la isla Cornwallis. A medida que el Ártico se calienta y surgen tensiones acerca de su futuro, las Fuerzas Armadas canadienses y estadounidenses han incrementado el número de operaciones en la región.

    Las raciones hipercalóricas que ingieren los soldados estadounidenses en el Centro Septentrional de Adiestramiento de Combate en Alaska –donde el Ejército los entrena en entornos gélidos– les ayudan a soportar el frío. Aquí aprenden tácticas desarrolladas durante la guerra de Invierno, librada entre Finlandia y la Unión Soviética en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

    Unos 400 soldados estadounidenses practican el salto en paracaídas cerca de Fort Greely, en Alaska. Estas maniobras multinacionales, en las que también participan las fuerzas canadienses, preparan a las tropas para soportar los rigores de unas macrooperaciones coordinadas en condiciones de frío extremo.

    UNA TARDE DE UN DÍA GRIS DE NOVIEMBRE, Marvin Atqittuq, recién elegido comandante de patrulla en la comunidad ártica de Gjoa Haven, se plantó sobre el mar congelado y convocó a su tropa. Un gélido viento del sur levantaba copos de nieve y el termómetro rondaba los 30 grados bajo cero, una temperatura fría, pero no tanto tratándose del Ártico. Los soldados –una veintena de hombres y unas cuantas mujeres inuit– se congregaron a su alrededor con el fusil al hombro, abrigados con chaquetas de piel de caribú cosidas a mano, con pantalones de piel de oso o con prendas normales adquiridas en una tienda, que eran mucho menos cálidas, pero namuktuk: suficientes por ahora. Atqittuq sacó un par de guantes de piel de foca y explicó la orden del día. El grupo formaba parte de los Rangers canadienses, un cuerpo reservista de las Fuerzas Armadas de Canadá, y ahora Atqittuq se disponía a liderarlos en su primera misión como comandante: una semana de patrulla en motos de nieve por la costa desarbolada de la isla del Rey Guillermo.

    Un grupo de marines lleva a cabo un simulacro de asalto a un edificio en la localidad alaskeña de Utqiaġvik, la población más septentrional de Estados Unidos. El comandante en jefe del Cuerpo de Marines, el general Robert Neller, manifestó recientemente a varios senadores que, tras años concentrados en Oriente Próximo y el Pacífico, los marines «han vuelto al escenario del frío».

    La salida incluiría instrucción en el uso del GPS, prácticas de tiro al estilo militar, escenarios de búsqueda y rescate, y mucha caza y pesca en el hielo.

    Me situé en la periferia del círculo que rodeaba a Atqittuq, frotándome el hielo que se me formaba en las pestañas, y observé los rostros y las cicatrices de la congelación, condecoraciones en miniatura que hablaban de vidas al aire libre en uno de los parajes más inclementes del planeta.

    El grupo se disgregó enseguida y sus integrantes empezaron a fumar el último cigarrillo antes de emprender el largo viaje hacia la oscuridad. Atqittuq se acercó para preguntarme si estaba suficientemente abrigado. Era alto, de espaldas anchas y risa pronta. Había sido ranger muchos años. Afable, me previno de no quedarme dormido en el inminente viaje. Ocurría a veces, dijo. No sería el primero que se caía de la moto de nieve y desaparecía. Me recordó que en la isla no existía servicio de telefonía móvil, ni en ningún punto del territorio de Nunavut, que cuadruplica el tamaño de España. «Si le ocurre cualquier cosa y se ve separado del grupo, siéntese y no se mueva hasta que alguien vaya a rescatarlo –dijo–. E intente no encontrarse con ningún oso polar».

    Los rangers son conocidos como «los ojos y los oídos de Canadá en el norte», y sus unidades llevan patrullando las regiones más remotas del país desde la década de 1940. La mayoría de los rangers del norte extremo son voluntarios indígenas que, a lo largo de estos años, han desempeñado labores de reconocimiento, participado en ejercicios militares y enseñado a tropas regulares a construir iglús, orientarse en la tundra y, en general, sobrevivir al frío. Su papel es poco conocido –como el propio norte en sí–, y siempre se las han arreglado para resistir con presupuestos raquíticos y equipamientos heredados; por ejemplo, con fusiles de cerrojo fabricados en los años cuarenta y estampados con la emblemática corona británica.

    Susie Hiqinit (izquierda) y Andy Issigaitok (arriba), reservistas de los Rangers canadienses, son solo dos de los muchos inuit que integran este cuerpo. Estos rangers comparten sus conocimientos de supervivencia en el Ártico con otros miembros de las Fuerzas Armadas de Canadá, a los que enseñan técnicas tradicionales de caza, orientación y construcción de refugios de hielo.

    El trabajo fotográfico de esteartículo ha recibido financiaciónde la Fundación en Memoriade John Simon Guggenheimy el Centro Pulitzer.