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    Camino de Santiago
    El viaje que cambió mi vida.

    En el Camino de Santiago, los peregrinos recorren el altiplano central de España.

    (MICHAEL GEORGE)

    ALGUNA vEz EsCUCHé a Don George decir: “Hay un viaje que cambia la vida de cualquier viajero”. Se refería a esa aventura que marca un “antes” y un “después”; el viaje que transforma nuestra forma de ver el mundo y el lugar que ocupamos en el mismo. Para mí fue una caminata de aproximadamente 800 kilómetros en el norte de España por el Camino de Santiago.

    Comencé mi travesía de la misma manera en que muchos de nosotros enfrentamos las transiciones cruciales de la vida: sin conciencia ni preparación de lo que estaba frente a mí. Sin embargo, ¿cómo podía saber lo que pasaría? Al comenzar una aventura a lo desconocido, ¿acaso no lo hacemos con el propósito de salir cambiados de esta?

    “Nunca tomas todo el camino de regreso”, dijo Paul Theroux, el hombre que transformó la narrativa moderna de viaje.

    Ese momento inolvidable en la Meseta Central, bajo el sol abrasador de España a las afueras de la polvosa aldea de Castrojeriz, cambió mi percepción de todo lo que había pasado antes y me preparó para la vida después, de una manera que tal vez nunca habría sucedido si no hubiera dejado la supuesta seguridad de mi hogar. Pude ver, en un destello de luz emocional, hasta qué grado me había gobernado el miedo, algo de lo que no me había percatado. Gracias a ello, tuve la libertad de escoger una manera distinta de caminar por el tiempo.

    Un viaje tiene el poder de destruir nuestros miedos y prejuicios si se lo permitimos. Mark Twain dijo, como es bien sabido, “viajar es letal para el prejuicio, el racismo y la intolerancia”. En este momento tan complejo de nuestra historia sería difícil encontrar una sabiduría más sincera y práctica.

    Así que da el salto a lo desconocido, haz ese Gran Tour alrededor de los confines de tu confort. El dramaturgo Tennessee Williams lo resumió por nosotros al escribir: “¡Viaja! No hay nada más”.