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    LA CONQUISTA DEL ESPACIO
    AL PINTOR AFROAMERICANO STANLEY WHITNEY, LA FAMA LE LLEGÓ TARDE. AJENO A CUALQUIER TENDENCIA, SU OBRA DE COLORIDA ABSTRACCIÓN GEOMÉTRICA ES AHORA COTIZADO PASTO DE COLECCIONISTAS. RECIÉN LLEGADO DE ARRASAR EN ART BASEL, PROTAGONIZA LA EXPOSICIÓN DEL VERANO EN LA NUEVA GALERÍA CAYÓN DE MENORCA.

    Aún a la espera del cacarerado desembarco de Hauser & Wirth con su faraónico proyecto en la Isla del Rey, previsto para 2020, Maó (Mahón, si todavía se prefiere) no se hace de rogar para el arte. Meca vacacional ilustre y de posibles –más yates/veleros que cruceros–, la capital menorquina hace tiempo que cuenta con una celebrada escena artística estival (Encant, la galería de Elvira González, pronto cumplirá dos décadas), aunque desde que Cayón se asentara allí el año pasado parece que todo se ha precipitado. Porque, siguiendo el patrón arquitectónico de sus galerías madrileñas, el cuarto destino expositivo de los hermanos Adolfo y Clemente Cayón no es un espacio como los demás.

    Localizada en la céntrica calle San Roc, a escasos metros del barroco Ayuntamiento, la versión menorquina de Cayón ocupa lo que fuera el emblemático Cine Salón Victoria, una imponente construcción de 1917 abandonada a su suerte desde 2006. Valor sentimental para varias generaciones de maoneses aparte (durante 86 años, allí se cultivó la mitología de Hollywood y parte de la local, con esa leyenda que dice que su primer propietario se suicidó en el proscenio), el edificio posee su aquel histórico, revelado tras la retirada de techos falsos y revestimientos que le hicieron perder lustre. «Quisimos preservar al máximo los elementos originales. Tirabas un tabique y aparecía una arcada maravillosa. Como labor de rehabilitación ha sido un reto», cuenta Adolfo Cayón. Con dos plantas –más un sótano– y una sala principal de 500 m2 de diáfana superficie y 12 aéreos metros de alto, apuntalados por un magnífico arco ojival, la nueva catedral del arte está servida.

    Por supuesto que fue el espacio. En cuanto lo vi, supe que tenía que exponer aquí», confiesa Stanley Whitney, el artista que inaugura esta temporada expositiva en la isla. Aunque abierta, en realidad, hace un año con una muestra de breve recorrido dedicada al minimalismo escultórico Fred Sandback, es este verano cuando Cayón descubre sus cartas en Maó, con una ex- posición que vincula la obra del pintor afroamericano y la del francés Yves Klein. «Se trata de establecer un diálogo a propósito del color, entre su visión y la mía, algo que unido al espacio y que es mi primera exposición en España hace que para mí sea histórico», continúa Whitney, recién llegado de arrasar en Art Basel, donde su cotización ha vuelto a dispararse. Y eso que a él la fama le llegó tarde.

    Oriundo de Filadelfia, donde nació en 1946, y cultivado para el arte en Nueva York, a partir de la década de los sesenta, Whitney no fue ‘descubierto’ hasta los noventa, cuando sus coloridas pinturas en clave de abstracción geométrica empezaron a encontrar hueco en las instituciones de su país. De hecho, su primera gran muestra en solitario no tuvo lugar hasta 2015, en el Studio Museum de Harlem. «Bueno, no he sido el único. Ahí tienes a [la artista cubana] Carmen Herrera, que acaba de cumplir 104 años. A veces, no hay espacio para todos. Es lo que hay, qué le vas a hacer. No voy a gastar energía en enfadarme por eso», concede sin darle mayor importancia. «Mis padres eran pobres y murieron pobres, quizá si me hubiera dejar llevar por las modas, no sé… Hay artistas que ni lo consiguen en toda su vida. Además, tampoco me gusta ser negativo». ¿Invisibilidad racial? «No diré que no. El racismo es una de las grandes conversaciones actuales, también en el arte, pero a mí me resulta tremendamente aburrida. Es como correr en círculos. Eso sí, tengo muy claro quién soy y de dónde vengo. Si no fuera afroamericano seguro que no sería pintor».

    Dice Whitney que su oficio lleva mucho («Ahora es tan rápido que es peor. La gente miente; a los 18 años no puedes ser bueno»). Y él es, por encima de todo, pintor. No un artista que usa la pintura como medio de expresión, no. Pintor. Punto. «Lo mío no son los ‘proyectos’. Yo solo pinto. Y habrá quien diga que pinto lo mismo una y otra vez, pero esa es la idea», zanja. «Hoy puedes elegir qué tipo de artista quieres ser. Las tendencias, las modas, son importantes, pero cuanto más observo otros estilos, más quiero ser pintor. Es mi forma de ver el mundo, de hacer política». De pequeño se recuerda dibujando todo el tiempo, en la escuela, en las paredes de su casa. Y en el dibujo aún está el quid de su proceso creativo: «Es muy orgánico. Todo comienza con una marca. Y luego es el color el que decide su forma, la densidad y la claridad. No se trata de algo matemático, ni de un proceso de ingeniería, es algo completamente humano. La obra me dice por dónde tengo que ir».

    Amedio camino entre el campo de color y la pintura gestual, el trabajo del artista (casado con la también pintora abstracta Marina Adams) podría considerarse una narración continua, según la cual es el color el que define la estructura y el que da sentido al espacio. «Cuando entendí que el espacio está en el color fue como una revelación. De lo contrario, se quedaría como un elemento meramente decorativo. Yo quiero pensar que el color posee su propio intelecto, de manera que sea posible mantener una conversación con él», explica. Dispuesto siempre de forma geométrica, el diálogo cromático también revela un patrón, un ritmo, que en su caso suena de manera inevitable a jazz, a John Coltrane, a Ornette Coleman o a Miles Davis, que veía los colores de cada nota de su trompeta: «La pintura, como la vida, es ritmo. Y si no lo llevas correctamente, pierdes el paso»

    El interior de este edificio histórico de 1917 se ha recuperado dejando al descubierto su estructura original, en la que los grandes lienzos de Whitney se integran creando un diálogo excepcional.
    El antiguo Cine Victoria alberga la nueva galería de los hermanos Cayón en Maó.

    FOTOS: CORTESÍA DE LA GALERÍA CAYÓN.