ELLE, la revista femenina y de moda número 1 en el mundo. Sus páginas le acercarán al mundo de la moda, la estética, las últimas tendencias, las vanguardias culturales, los gustos sociales o cualquieravance orientado a una mayor calidad de vida.
Summer afternoon (tarde de verano). Henry James solía decir que estas eran las dos palabras inglesas más hermosas. Y no es difícil entender por qué. En medio del bullicio de nuestras vidas, de las interminables listas de tareas pendientes que no paran de crecer y de las agendas que no dejan espacio para respirar, una simple tarde de verano, donde nos perdamos disfrutando del atardecer, se erige como un santuario de calma. Y de felicidad. Representan un momento que nos recuerda lo esencial: detenernos, sentir la calidez del sol, dejar que el tiempo fluya sin presiones... Un instante mágico donde conseguir desconectar para, simplemente, reconectar con nosotros mismos y dejar espacio para aquello que verdaderamente importa. Es, sin duda, el mayor lujo en un mundo que parece idolatrar la actividad…
Desde que irrumpió en el mundo de la moda, con esa mezcla irresistible de fuerza, elegancia y frescura, Elle Macpherson se convirtió en una figura imprescindible en las páginas de ELLE. Su presencia no sólo llenaba la cámara, la devoraba con una naturalidad que dejaba sin aliento. Ha sido portada en innumerables ocasiones, no por azar, sino porque su imagen representa el espíritu cambiante y poderoso de la mujer contemporánea. Es icono, inspiración y testimonio vivo de que la belleza con personalidad nunca caduca y siempre es tendencia. Porque hay rostros que aparecen en portadas, y nombres que las trascienden. Elle es de estas últimas.…
Recuerdo perfectamente la emoción –a mis seis, siete años– de pasar por delante de una tienda o negocio que, con la persiana bajada y un cartelito, anunciara: Cerrado por inventario. La frase tenía algo de embrujo, como si avisara de que, tras esa cortina metálica, se ocultaba un lugar donde ocurría algo ineludiblemente misterioso. ¿Cómo no pensar que esa palabra estaba emparentada con inventar, aquel verbo luminoso que parecía contener en sí mismo la promesa de los cuentos, el hechizo de la creación? Nadie pudo convencerme entonces –y tal vez tampoco ahora– de que los negocios cerrados por inventario no se dedicaban a la noble tarea de poner en marcha la imaginación. Después de todo no se trataba de una ocurrencia tan errada, porque resulta curioso –y bellísimo a la…