Me he comido más de una carta. Me he zampado mis palabras. Incluso digerí un menú, en Akelarre, ante el bigote risueño del gran Subijana.
Suelo comer papel, como la niña Rebeca Buendía ingería tierra en Cien años de soledad, y les aseguro que es más digestivo.
Si las cartas de amor se comiesen, se llamarían menús. Dicen que podrían desaparecer devoradas por un bicho hijoeputa que se come el papel y, si te descuidas, a los comensales. Yo no lo creo. El menú es la carta de amor del chef, de su equipo, del impresor, del diseñador que la pintó y de los aprendices que para celebrarla se tienen que secar las manos arrugadas de tanto fregar platos.
Guardo menús, como lo guardo casi todo, confiando en que, cuando…
