Cuando salgamos. Saldremos. ¿A dónde? A los bares.
Cada uno lleva en el corazón un bar. Yo, que nunca fui muy de bares, tengo también los míos. Fui campeón del Pac-Man (llegué a hacer con los ojos cerrados doce pantallas) en El sotanillo. ¿Por qué allí? Porque abría los domingos por la tarde, porque estaba cerca del colegio y porque ni había curas, ni tampoco padres...
El bar era un lugar seguro. ¿Para qué? Para echarse un cigarrillo, esperar a los colegas y fundir un montón de monedas de venticinco pesetas hasta que uno llegaba a hacerse con los ojos cerrados las doce –¿o eran trece?–pantallas. Eso sí, a las catorce o las quince los fantasmas te llevaban al agujero. Había otro al que llamábamos El guarro, en la esquina,…
