LOS MÚSICOS TIENEN EL SECRETO DEL CEREBRO ETERNAMENTE JOVEN
Deja de fantasear con pastillas mágicas que otorgan una juventud imperecedera: nada mantiene más a raya el envejecimiento cognitivo que tocar un instrumento.

EN EL JAZZ

se llama jam session a los encuentros de improvisación en los que los músicos tocan, para su propio disfrute, una música no escrita ni ensayada.

Cuando contemplamos al estadounidense Bob Dylan y al británico Keith Richards sobre un escenario, resulta difícil creer que tienen 79 y 76 años, respectivamente. No sólo dan sentido a la frase de que los viejos roqueros nunca mueren: es que viéndolos uno puede pensar que tampoco envejecen. O que al menos lo hacen más despacio que el resto de los mortales. La prueba científica de que a nivel cerebral todos los músicos experimentan un menor deterioro la han encontrado neurocientíficos de la Universidad del Noroeste (EUA).

El entrenamiento musical mejora dos habilidades que se pierden con los años: la capacidad de escuchar una conversación en un entorno ruidoso y la memoria a corto y largo plazo. “Forever young” (por siempre joven), como cantaba la mítica banda alemana Alphaville en los ochenta.

Eso no es todo: electroencefalograma en mano, neurocientíficos escandinavos demostraron hace una década que sus dos lóbulos frontales están magistralmente coordinados. Ojo, porque hablamos nada menos que de la pieza cerebral encargada del pensamiento lógico y la planificación. Eso explica por qué, según el estudio que publicaba la revista mensual Neurobiology of Aging, a los músicos se les da mejor que al resto prestar atención, mantenerse en alerta, aprender cualquier cosa –no sólo música– y tener una visión global, holística, de los asuntos. Además de que tienen una envidiable capacidad de estar serenos y relajarse cuando deben. Lo mismo que les pasa a los atletas de clase mundial o a quienes practican la meditación trascendental, aseveran los investigadores.

Por otro lado, da igual si tocas la batería, el arpa, el violín, el violonchelo o la guitarra clásica. Tu tiempo de reacción se acorta drásticamente cuando practicas con asiduidad, tal y como sacó a la luz un estudio canadiense. Tanto si el estímulo al que reaccionas es auditivo como táctil o incluso multisensorial.

Tres años atrás, un neurólogo de la Universidad de Harvard (EUA) llamado Gottfried Schlaug decidió averiguar hasta qué punto tocar el piano o el clarinete sirve de escudo protector frente al envejecimiento cognitivo. Para cuantificarlo recurrió a un indicador llamado BrainAGE que mide la diferencia en años entre la edad cronológica y la edad cerebral (esta última basándose en un algoritmo que identifica rasgos anatómicos relacionados con el marchitamiento del cerebro). Cuando ambas edades coinciden, el valor del BrainAGE es cero. Si es muy alto, corremos el riesgo de morir de forma prematura o sufrir demencia, y un valor negativo es una buena noticia porque implica tener un cerebro más joven de lo que corresponde a nuestra fecha de nacimiento real.

Los resultados no dejaron lugar a dudas: los músicos tienen un índice BrainAGE indiscutiblemente más bajo. Sobre todo los amateurs, es decir, los que practican en sus ratos libres. ¿Por qué? Dice Schlaug que quienes se dedican profesionalmente a la música están sometidos a un estrés crónico, dañino, que neutraliza en gran parte los efectos beneficiosos de tocar un instrumento. Eso y que dedican demasiadas horas a perfeccionar la práctica en detrimento de la socialización y de otras actividades multisensoriales positivas para el cerebro.

¿Vacaciones en el campo o la playa? ¿En bicicleta o en autobús? ¿Ensalada o filete? ¿Azul o verde? Mientras tú titubeas intentando escoger una opción, normalmente un músico ya ha respondido. Se debe a que el entrenamiento musical también origina cambios permanentes en la denominada “red neuronal por defecto” (RND), que interviene en la toma de decisiones importantes y la resolución de problemas cotidianos, tal como demostraron a finales de 2018 científicos de la Universidad de Granada en un trabajo publicado por la revista PLOS ONE.

Si de niño dejaste los pulmones intentando reproducir las notas de Las mañanitas en la flauta dulce, consuélate, porque ahora sabemos que aquel esfuerzo valió la pena: las horas que dedicaste a leer partituras y a coordinar boca y dedos para hacer sonar el instrumento dejaron huella en tu cerebro. Tanto en la sustancia blanca, que transporta las señales de un extremo a otro, como en la materia gris, que engloba a la mayoría de las neuronas que se encargan de procesar la información.

Y no es sólo que soplando la flauta mejorara tu capacidad de tomar decisiones, de concentrarte o de inhibir impulsos –lo que incrementa el autocontrol– en tus años de juventud: lo más asombroso es que los neurocientíficos han comprobado que los beneficios del entrenamiento musical durante la infancia perduran en la vejez. Tanto es así que incluso pueden contrarrestar el declive cognitivo propio de las últimas décadas de la vida, máxime si nuestra relación con la música no fue anecdótica, sino que duró alrededor de una década.

FOTOS: JOERG KOCH / DDP / AFP VÍA GETTY; SHUTTERSTOCK

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Muy Interesante México - JULIO 2020

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