La carrera sigue
AL VIAJAR HACIA EL NORTE PARA CUBRIR UNA EXTENUANTE CARRERA DE PERROS DE TRINEO, UNA FOTÓGRAFA ENCUENTRA CLARIDAD EN EL AIRE ÁRTICO Y UNA AFINIDAD CON LOS PERROS QUE NO LLEGARON A LA META.

HACE VARIOS AÑOS recibí una propuesta de última hora para fotografiar la Yukon Quest, una carrera de perros de trineo de 1 600 kilómetros de recorrido que atraviesa la región subártica de Alaska y Canadá. Se dice que es uno de los acontecimientos deportivos más difíciles del planeta: es común que las temperaturas desciendan hasta -45 °C, la fuerza del viento puede superar los 65 kilómetros por hora y los días son tan cortos que la mayor parte de la carrera transcurre en la oscuridad.

Desconocía todo esto antes de aceptar el trabajo. Cuando pensaba en el Ártico, si lo hacía, imaginaba animales exóticos en peligro de extinción, un lugar distante y frío fuera de mi alcance como fotógrafa.

Aun así, es sorprendente que el Ártico me intimidara. Pasé la mayor parte de mis veinte documentando conflictos y problemas sociales en Medio Oriente, África y América Latina, con especial atención en México y la guerra contra el narcotráfico. Mi compromiso era contar historias sin importar el riesgo. Después, en 2011 formé parte de una historia –una tragedia–, en la cual mis colegas fueron las víctimas y yo la sobreviviente. Como consecuencia, tuve dificultades para encontrar la inspiración que necesitaba para volverme a enamorar de la fotografía. Seguí trabajando porque necesitaba el dinero, pero la mayoría del tiempo lo hacía de manera automática.

Es así como acepté la misión de fotografiar la Yukon Quest 2014. Pocos días después estaba en un avión rumbo a Canadá. Aterrizamos en Whitehorse cerca de la medianoche. Cuando toqué la ventana del avión, pude sentir anticipadamente el aire helado. Había llegado al norte; mi equipaje no. En él estaba todo lo que pensé que necesitaría, incluyendo unos pantalones para la nieve prestados que me quedaban demasiado grandes, ropa interior térmica y un abrigo acolchado nuevo y caro (le había dejado la etiqueta para devolverlo al regreso). Debía volar de Whitehorse a Dawson City para fotografiar la carrera temprano por la mañana, pero todo lo que tenía era una sudadera gris y una mochila llena de equipo fotográfico.

En el aeropuerto, les expliqué mi apuro a las dos mujeres que atendían el mostrador de Air Canada. Una de ellas desapareció en la oficina trasera. Regresó con un suéter de lana de Air Canada. La otra mujer le pidió a su esposo que le llevara unas botas y una chamarra y me las prestó.

Más tarde esa mañana, al abordar el avión rumbo a Dawson City, el cielo aún estaba oscuro. Cuando el sol salió por fin, expuso extensas cordilleras montañosas. Parecían no tener fin: cumbres escarpadas de color beige y rosa fuego, montículos de color gris y negro, colinas ondulantes de un blanco interminable. Jamás había soñado con un paisaje tan mágico, así que tomé fotografías por la ventanilla hasta que una niebla densa lo cubrió todo.

Al bajar del avión, la nieve que crujía bajo mis pies brillaba como si un millón de niños la hubiera espolvoreado con toda la diamantina del mundo. Pasé el trayecto hacia el hotel sumida en un mudo asombro, mientras recorríamos en automóvil las cordilleras montañosas teñidas de púrpura y los ríos congelados recubiertos con un mosaico de hielo azul y blanco. Todo el bosque boreal tenía capas de lo que me parecía nieve reluciente. Después supe que se llama escarcha, o la cosa más hermosa que jamás haya visto. Me sentía en otro planeta, en un cuento de hadas. A veces deseo regresar en el tiempo solo para vivir una vez más mis primeras horas en Dawson City.

Mientras tanto, el frío era tan brutal como hermoso el lugar. Cuando me aventuré al exterior, el viento se sentía tan seco que apenas podía respirar. Sin embargo, en ese momento, lo único que necesitaba para entrar en calor era la ropa prestada y la amabilidad de sus dueños. Sentí algo que no experimentaba desde hacía mucho. Todo estaría bien siempre y cuando tuviera mi cámara. Quería volver a tomar fotografías.

He estado cubriendo el Ártico, entre otros lugares, desde entonces. Al año siguiente regresé al norte para seguir la Yukon Quest de nuevo, esta vez por parte de National Geographic. Recuerdo que transcurría más de la mitad de la carrera cuando tomé un avión hacia un puesto de control ubicado en Eagle, Alaska. Una camioneta esperaba para llevarme junto con otros pasajeros, la mayoría de medios informativos de Alaska y voluntarios en la carrera, a nuestro refugio temporal para pasar la noche: el piso de una biblioteca escolar local.

Durante el segundo día de su primer viaje al norte, Katie Orlinsky conoce a los contendientes en la carrera de perros de trineos Yukon Quest 2014, en Dawson City, Canadá.

Antes de partir noté la presencia de dos veterinarios especializados en carreras; se los identificaba por el parche en sus chamarras rojas gigantes; metían en un pequeño avión lo que parecían ser pesados costales de papas. Después vi que de los costales sobresalían cabezas peludas con orejas puntiagudas. De inmediato le pregunté al chofer si podía esperar y me apresuré a fotografiar la escena. Los veterinarios me contaron que esos perros habían sido descalificados de su equipo. Las bolsas los mantendrían seguros y tranquilos mientras volaban a casa.

Para algunos, los perros de trineo son los atletas con mayor resistencia en el mundo, criados para prosperar en el entorno nevado y frío. La mayoría de los conductores de trineos ha entrenado a sus perros desde que eran cachorros. Aun así, en una carrera tan larga, es frecuente que los descalifiquen. Algunas veces un perro se cansa, se lesiona o simplemente parece perder el interés en correr (un año, un perro se enfermó por comerse los botines color neón que protegen sus patas).

Cuando un equipo de perros alcanza su ritmo, es un hermoso espectáculo digno de presenciar: las patas golpetean la nieve como un coro suave, las piernas se mueven al compás de un ritmo silencioso, sus alientos cálidos dejan una estela de vapor que se agrupa como nubes en el aire frío. Así es sencillo olvidar que cada perro es diferente. Observar a los perros descalificados, apartados, en costales ni más ni menos, fue un crudo recordatorio de esto.

Pasé los siguientes días más enfocada en los perros que abandonaban la carrera que en los posibles ganadores. Quizá los medios locales y los oficiales de la carrera me tacharon de loca. Creía que mi fascinación con los perros que viajaban en avión dentro de un costal era bastante obvia. Tras reflexionar al respecto, tal vez también me contemplé en los perros descalificados. Podía identificarme con la idea de tener un objetivo por el cual había trabajado toda la vida, para que al final suceda algo inesperado que cambie tu curso.

El mal tiempo llegó y se instaló en Eagle, por lo que durante días se cancelaron los vuelos comerciales. Estuve a punto de perderme el final de la carrera en Fairbanks, en mi primera asignación importante para National Geographic. Por fortuna pude abordar un vuelo nocturno en un avión pequeño lleno de perros descalificados.

Despegamos y recuerdo sonreír al tiempo que miraba por la ventanilla el cielo nocturno que se expandía ante el paisaje negro e intenso de Alaska. Con mi cinturón de seguridad abrochado, portando el abrigo suntuoso que ya nunca devolví y rodeada de 16 perros en costales, también me sentí segura y tranquila. j

Katie Orlinsky vive en Nueva York y ha fotografiado el Ártico desde hace más de cinco años. Su artículo más reciente, “Amenaza bajo tierra”, se centró en el descongelamiento del permafrost.

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