EL ACTIVISMO DIGITAL
Ante las limitantes en términos de la censura de Internet, los jóvenes en Hong Kong han echado mano de distintas apps para apoyar sus protestas, endosándoles un nuevo sentido social.

Un click en las redes sociales ya no sólo sirve para dar likes a posts, fotos y videos de gatitos: en el mundo actual también tiene el poder de movilizar masas para organizar protestas que pueden poner en riesgo la estabilidad de un gobierno, o, por el contrario, para preservarlo en el poder. En la era digital, ya no basta con salir a la calle para protestar o expresar oposición a alguien. Ahora, las revoluciones también pueden armarse detrás de una pantalla.

Si bien es cierto que parte de la historia se ha modificado en las calles —y salir a protestar sigue siendo una de las formas de presión más comunes— también lo es que la tecnología se ha convertido en un arma por demás efectiva para las movilizaciones sociales o para contrarrestarlas con la difusión de propaganda.

La llamada primavera árabe, que ocurrió a finales de 2010 y principios del 2011, fue la primera muestra del poder de las redes sociales en una revolución, cuando los movimientos en línea se dieron a la par de manifestaciones tradicionales y precipitaron la caída de los regímenes de Túnez, Egipto, Libia y Yemen.

Los teléfonos inteligentes, el internet, las redes sociales y las aplicaciones se han convertido en una herramienta indispensable para movilizar a miles de partidarios de alguna causa. Hoy, casi una década después, el activismo digital ha alcanzado otro nivel y las movilizaciones que han ocurrido este año en Hong Kong son muestra de ello.

Lo que comenzó como una manifestación en contra de un controvertido proyecto de ley de extradición en Hong Kong, se ha transformado en una batalla por el futuro de la región que se da en las calles y en línea, y en la que China, uno de los países más poderosos del orbe no ha dudado en usar las plataformas sociales occidentales que restringe localmente para mitigar el impacto de las protestas.

Hong Kong es una región administrativa especial de la República Popular de China. Los británicos se hicieron cargo de ese territorio en la “Guerra del Opio” y en 1898 firmaron un “contrato de arrendamiento” con China por 99 años. En 1984, tras largas negociaciones, la primera ministra británica, Margaret Thatcher, y el premier chino, Zhao Ziyang, firmaron una declaración conjunta sobre el futuro de Hong Kong. Gran Bretaña acordó devolver el territorio a China el 1 de julio de 1997 con la promesa de otorgar a Hong Kong un “alto grado de autonomía” durante 50 años, es decir, hasta 2047. China no impondría su gobierno a Hong Kong y éste podría mantener sus políticas económicas y comerciales, tendría sus propios poderes y preservaría derechos y las libertades prensa, reunión y religiosas. Esto se conoció como la regla “un país, dos sistemas”. Con la propuesta ley de extradición que el gobierno de Hong Kong quería implementar, algunos temían que China detuviera arbitrariamente a habitantes de dicha región administrativa, lo que afectaría a quienes discreparan abiertamente contra el gobierno chino. La ley buscaba que las enmiendas se aplicaran retroactivamente, con lo que las personas que cometieron alguna supuesta falta en el pasado estarían en riesgo de ser juzgadas en China. Esto supondría un intento de Beijing por ejercer más control sobre Hong Kong y, aunque el gobierno agregó algunas concesiones al proyecto de ley, a los inconformes no les parecieron suficientes.

Las protestas se intensificaron en junio pasado cuando más de un millón de personas se manifestaron pacíficamente, lo cual no persuadió a Carrie Lam, jefa ejecutiva de Hong Kong, de frenar la iniciativa. La violencia escaló y el uso de la fuerza, la decisión de llamar a los ciudadanos “manifestantes” y los arrestos por disturbios ocasionaron una fractura entre la gente y las autoridades. Las protestas captaron la atención mundial tras la toma del aeropuerto de Hong Kong que provocó cancelaciones masivas de vuelos.

El movimiento se fortaleció, exigió la renuncia de Lam y presentó cinco demandas para detener las marchas: deshacerse de la ley de extradición, lo que finalmente sucedió; que el gobierno se retracte de usar la palabra “disturbios”, ya que estos implican penas de hasta 10 años de cárcel; liberar a todos los manifestantes arrestados y retirar los cargos en su contra; investigar de forma independiente las tácticas usadas por la policía contra los manifestantes y tener un sufragio universal.

Propaganda 2.0

Se estima que en China aproximadamente 800 millones de personas cuentan con una conexión a internet. El acceso a la red es muy restringido y casi prohibido a sitios como Google, Facebook, YouTube o WhatsApp. El gigante asiático ha controlado infinidad de contenidos a través de “The Great Firewall” o “La Gran Pared de Fuego”, el sistema de censura más grande del mundo. Bajo el mandato del presidente Xi Jinping las restricciones se han vuelto más severas para asegurar la “soberanía cibernética”, proteger al país de la influencia extranjera, mantener el orden social y salvaguardar la seguridad nacional.

Los ciudadanos chinos, que en su mayoría no están de acuerdo con el conflicto en Hong Kong, se las han arreglado para criticar a los opositores en redes sociales occidentales como Instagram y Twitter, y para promover la narrativa de Beijing. Los medios de comunicación estatales inundaron internet dentro y fuera del país con historias e imágenes que retrataban las protestas como el trabajo de “terroristas” manipulados por las potencias occidentales y “fuerzas radicales”. También pagaron para promover su cobertura sobre las protestas en sitios como Twitter y Facebook, redes que están prohibidas en dicho país.

A través de plataformas como Weibo —similar a Facebook— se convocó a los ciudadanos chinos a tomar medidas para “proteger a Hong Kong”. El gobierno montó una campaña de propaganda utilizando cuentas falsas, miles de las cuales fueron retiradas por Facebook y Twitter. China denunció los movimientos de dichas plataformas y argumentó que tenía derecho a exponer sus propios puntos de vista. Todo esto desencadenó una dinámica inusual en la que los ciudadanos chinos, incluyendo a algunas celebridades, que normalmente están sujetos a controles estrictos sobre su comportamiento en línea, utilizaron redes privadas virtuales para evadir la censura y difundir mensajes contra las protestas tanto local como internacionalmente. Sin embargo, al interior de Hong Kong el impacto de estas acciones fue mínimo, ya que la mayoría de la gente consume contenido de medios locales.

Los protestantes en Hong Kong han sabido darle la vuelta al sistema, empleando apps y plataformas para la organización sistemática de las protestas.

Protesta vía apps

En contraparte, en Hong Kong los jóvenes ven en su futuro a una China autoritaria que restringirá parte de los derechos que tienen. El mantra de su lucha es “Sé agua”, frase con la Bruce Lee describe su filosofía Kung fu y que es un llamado a la flexibilidad y a la creatividad: hay que avanzar para aprovechar una ventaja y retroceder cuando se necesite un retiro estratégico, lo que han hecho para adaptarse a situaciones difíciles frente a la poderosa máquina China. En el movimiento de Hong Kong no hay líderes, en gran medida gracias a las redes sociales. La mayoría de quienes participan no son parte de ninguna organización o partido y se informan de las actividades en plataformas sociales y foros en línea: deciden por sí mismos qué hacer y cómo actuar. Usan medios como LIHKG, una versión de Reddit, en donde usuarios anónimos publican ideas y estrategias para manifestarse.

Los grupos se utilizan para difundir rápidamente información sobre próximas protestas, consejos para apagar gases lacrimógenos o para revelar identidades de presuntos policías encubiertos y para mostrar códigos de acceso a edificios en donde pueden esconderse.

Otra herramienta de organización es Telegram, aplicación de mensajería que ha servido a los manifestantes para informar la ubicación de la policía; hacer actualizaciones de logística como conseguir suministros para una protesta, incluyendo agua, máscaras y cascos; compartir detalles de conductores voluntarios para transportar a los manifestantes y para contrarrestar a los grupos en línea pro-Beijing que publican fotos de manifestantes para exponerlos. El fundador de Telegram, Pavel Durov, sugirió incluso que el gobierno chino estaba detrás de ataques al servicio de mensajería cifrada. FireChat, la app de mensajería encriptada que se conecta a teléfonos inteligentes sin el uso de WiFi o redes celulares permite a los usuarios eludir los medios tradicionales de conectividad. Esta app le quita poder a los gobiernos que buscan bloquear la difusión de información (también se ha utilizado en Taiwán, Irak e Irán) y empodera a los que están en “el terreno”. Sin embargo, no es completamente segura. A su vez Tinder, la famosa aplicación de citas también ha servido como medio de comunicación entre manifestantes que a través de sus perfiles hacen llamados de protesta y dan consejos sobre cómo “conquistar” a la policía.

Si de búsqueda y captura se trata, Pokemon Go ha servido como herramienta para despistar al enemigo. Con el pretexto de atrapar a las criaturitas de la saga y para poder desplazarse libremente por las calles, los activistas aprovechan la interacción social que tiene la app y “pone en juego” a las autoridades al difundir información sobre puntos de reunión y mensajes clave para las protestas.

Aún no es claro hasta dónde llegará la inconformidad en Hong Kong, pero lo cierto es que la historia marcará al activismo digital como uno de los principales protagonistas de este movimiento social. No cabe duda que el conflicto está en chino.

Read full issue

OPEN - Octubre - Diciembre 2019

Ver la revista

Octubre - Diciembre 2019