Ahora, cuando vamos en el coche, habitualmente llevo a mi hija mayor a mi lado, de copiloto, porque su estatura con alza lo permite. A veces tenemos conversaciones maduras, y ella ejerce de hermana mayor. Una tarde cualquiera, sin venir a cuento, me regaló una bonita conversación. Además, fue gratuita, como los mejores regalos. En un momento determinado se agarró a mi brazo mientras estábamos en un semáforo y me dijo:
–Mamá, ¡qué bien hueles!
–¿Huelo bien? ¡Gracias! –le contesté sonriendo.
–Sí, aunque hueles mejor sin colonia y sin crema –comentó ella.
–Entonces, Laia, ¿a qué huelo?
–Hueles a mamá: el mejor olor del mundo.
Y es verdad, el olor de nuestras madres es único. Como también lo es para nosotros el de nuestros retoños, por mucho que crezcan y…