Aparcamos el coche y, con el motor apagado, el suelo se desplaza. Se aleja la ciudad de Setúbal, que se presenta en la mirada con la fraternidad de una despedida. Se aproximan las paradisíacas playas vírgenes llenas de palmeras, vacías de bañistas, que rodean la península de Troia. Y mientras tanto, somos mecidos por las aguas del estuario del río Sado, que en su desembocadura se ensancha para acoger playas, delfines, acantilados... Cruzamos este rio grande en un ferry que transporta coches y, en sus 20 minutos de duración, salimos a los miradores para vigilar el paisaje. Y este desplazamiento físico se convierte, casi, en un viaje en el tiempo hacia un territorio casi intacto: la península de Troia es una fina lengua de tierra por explorar que se clava…