La mala, que hay prisa. Son un millón de años mellados por el fantasma llamado estrés, alterados por la mano de la irritabilidad indomable, que hace de las personas animales susceptibles, rudos, intratables; mil milenios acribillados por una pedrea de noches sin sueños, largas, insatisfactorias, exhaustas madres de días improductivos.
En los casos más graves, el ruido se convierte en una caricia perenne, paciente y traicionera, capaz de herrumbrar una salud de acero magistralmente templada. Poco a poco, desarma las defensas del cuerpo y sepulta a sus víctimas bajo el óxido corrosivo de la hipertensión, el insomnio y la enfermedad cardiovascular, una de las dolencias más mortíferas que castiga a las sociedades occidentales.
En el extremo, conjura la fatalidad. La intensidad del ruido de una fiesta, con banda de música…
