Para un científico la cosa se agotaría en falo, pene o miembro viril. Un fanfarrón se atrevería con “antorcha olímpica”. En el club de la modestia, el pene se reduciría a flautín, cilindrín, pirulí, pingajo o ratón. Virote, zuardo, príapo y perigallo huelen a rancio. Hay quien le planta un mostacho como queriendo darle cierto porte: clarinete con bigote, puro con bigote. Los más belicosos lo llevan a su campo: sable, espada o pica. También están jeringa con peluquín, picha, minga, rabo, verga, ciruelo, carajo, sardina y trasto… Si nos referimos al órgano masculino, el vocabulario es casi inagotable.
Hace tiempo, estando Luis Buñuel en el apartamento neoyorquino de su hijo Rafael en animada tertulia con el escritor francés Jean Claude Carrière, colaborador habitual del cineasta, este propuso un reto:…