Si me duele la cabeza no tomo ni un paracetamol”, dice Sara Encina, una enérgica auxiliar de enfermería de 32 años, ojos claros, talla menuda y sonrisa perenne. “Mucho tengo que sufrir para recurrir a los fármacos, no me gusta tomar mucha medicación”, precisa sentada a una de las pocas mesas libres de la cafetería del Hospital Rey Juan Carlos de Madrid, durante un descanso de su trabajo en el Servicio de Cirugía maxilofacial del centro. Piensa un instante en el dolor permanente que la acompaña hace tiempo, más controlado últimamente, y añade: “Ibuprofeno, si acaso”.
Su afirmación no sorprende. El fármaco, que se comercializa en pastillas, cápsulas, spray, gel, crema, supositorios, sobres granulados y para uso intravenoso en hospitales es una tabla de salvación que se ha hecho un…
