Hacer del árbol caído, leña. Y si no está caído, talarlo. Si son muchos, se monta una empresa para volverlos madera. Si son miles, se inventa una máquina para facilitar la tarea. Si el río está lejos, torcerlo, y si nadie nos lo impide, tirar en él nuestros desperdicios, los que se lleva el agua y los que quedan por miles de años escondidos en formas mínimas y letales. Si llueve, aburrirse, enloquecerse, enojarse con la imprecisión de la meteorología. Si la lluvia se vuelve tormenta, preguntarse cómo es posible que la misma civilización que mandó a un puñado de sus semejantes a la Luna no pueda prever las olas y el granizo. Que solo sea una catástrofe la destrucción de las ciudades y no lo que hicimos para colaborar…