Cuando el granjero italiano Gianantonio Locatelli se dio cuenta de que sus 2.500 vacas producían cada día 30.000 litros de leche y 100.000 kilos de estiércol, pensó que debía de haber una forma de reducir el impacto medioambiental de su negocio. Empezó por métodos ya probados, como extraer fertilizante y gas metano para electricidad y urea para plástico de las heces del ganado. Pero aún le sobraba materia prima. Inspirándose en culturas tradicionales que han utilizado las boñigas como material de construcción, decidió convertirla en una pasta que, cocida, esmaltada y vuelta a cocer, servía para fabricar ladrillos y otros artículos de alfarería. Su parecido con la terracota lo llevó a llamarlo merdacotta, algo así como mierda asada, en italiano.
Tras hablar con un artista y un comisario de exposiciones,…