La tía Merche tenía un cuadro en su casa que daba miedo a los niños. Oscuro, trágico, representaba la coronación de espinas de Jesucristo. En él, el Señor, pálido y desnudo, sufría con la vista baja, y la piel marmórea y cuarteada, mientras la sangre rodaba por su rostro y dos tipos barbudos, entre sombras, lo cubrían con una túnica roja. Era una obra que no había sido concebida para decorar el salón de una familia con tres hijos pequeños, no. Aquellos niños la contemplaban entre aterrados y espantados, mientras comían medianoches y patatas fritas en sus fiestas de cumpleaños. Con el tiempo, la pintura fue perdiendo protagonismo. De la pared más importante del salón, pasó a ocupar un rincón discreto detrás de una puerta que, cuando permanecía abierta, lo…